30 de Abril: Celebrando a los Angelitos……

Llego el día del niño.  Y como se volverá costumbre, me toca despotricar contra las celebraciones exageradas, idealistas de nuestra nación. Es increíble la cantidad  de cosas que festejamos en México. Pero lo más increíble es la manera en que festejamos a ciertas personas cada año. En este caso a los niños.

¿Crees que soy un viejo amargado, sin familia, sin vida, sin nada que hacer? Bueno, tal vez le atines a tres de cuatro. Si tengo familia, tengo esposa y dos hijas preciosas que me brindan muchas alegrías. Pero festejar lo bueno de mis hijas no me ciega a lo malo de mis hijas. Es como cuando eres patriota y sigues criticando a tu patria. Ser un patriota auténtico no borra la necesidad de criticar. Al contrario la obliga. Lo mismo sucede con la cuestión de la paternidad y maternidad reales.

Pero bueno, ya divague… ¿Crees que soy un amargado? Toma nota tú del tipo de mensajes que mandamos cada día del niño. Las cosas que decimos sobre la infancia. Sobre los niños. Toma nota de lo que se dice y la frecuencia con que se dice. Esta es mi lectura:

“Los niños son buenos. Ellos son puros. Encarnan lo mejor de la humanidad. Ellos son el futuro de nuestras naciones y de nuestro planeta. Tenemos mucho que aprender de ellos. Cuando hacen algo malo es sencillamente porque algún adulto estuvo involucrado. Si tan sólo los dejamos ser, harán de este mundo algo mejor. No les pongamos obstáculos, no los limitemos, liberemos sus potencialidades, etc., etc. etc. y más etc.”

Y la jerga pro-niñez sigue y sigue y sigue en un discurso positivo-optimista-idealista sin fin que a mí la verdad me aturde. ¿Estoy en contra de celebrar a los niños? No. Estoy en contra de enseñarles a los niños que son más especiales de lo que realmente son. O más bien, estoy en contra de festejarnos a nosotros mismos de un modo que no corresponde con la realidad.

SUPER INTELIGENCIA INFANTIL Y DOBLE MORAL

Para empezar, no podemos continuar en este acto de adoración a la niñez humana sin caer en doble moral. Los que ya me han leído saben que puedo tolerar prácticamente cualquier cosa, excepto la doble moral, lo cual es una frase bonita para llamar a la hipocresía, los argumentos conveniencieros y la mentira dulzona sólo para quedar bien ante los demás.

¿Por qué—pregunto—si los niños son tan pero tan buenos, inteligentes y tenemos tanto que aprender de ellos, no les dejamos las riendas del hogar y de la sociedad? Es decir. No vivimos así. Tú no les dejas a tus hijos dirigir tu casa porque en el fondo  tú sabes que ELLOS no tienen la capacidad, sabiduría, inteligencia para hacerlo. Tú diriges sus vidas. No ellos la tuya. Si vamos a ser gente honesta entonces tenemos dos caminos: Uno. Los niños son tan buenos y  tan pero tan creativos e inteligentes, que tú de manera práctica los dejas dirigir sus propias vidas, y no sólo sus vidas. También la tuya. Si ellos son todo esto que decimos también preguntémosles cómo deberían ser las escuelas y sus reglas y sigamos al pie de la letra lo que estos pequeños ángles nos guian.  Pongamos niños en los puestos de gobierno para que nos dirijan con su inocencia e inteligencia hacia una nueva era de armonía y bienestarl social. ¿No te agrada la idea? Supuse que no.

Entonces tomemos la segunda alternativa, le seguimos diciendo a nuestros niños cómo deben vivir, pero nos quitamos de exageraciones. Aceptamos la realidad de que nuestros niños ni son tan buenos, ni tan inteligentes, ni tan inocentes como proclamamos cada 30 de Abril a los cuatro vientos de las redes sociales. Eso para empezar.

LAS REALIDADES DE LA VIDA

Por otro lado, hagamos un pequeño viaje en el tiempo a tu propia niñez “angelical.” Repasa tus primeros 10 años de vida y dime tú. ¿Mentiste? ¿Robaste? ¿Heriste? ¿Insultaste? ¿Pusiste apodos? ¿Hiciste cosas que tus padres claramente te enseñaron a no hacer? ¿Hiciste cosas que nunca viste a tus padres hacer? Lo más probable es que contestes que sí al menos a la mitad de estas preguntas. La realidad es que fuiste niño. Y aún sin la influencia de otras personas, hiciste cosas que estuvieron mal. Bueno, te tengo noticias. Tus hijos (si tienes hijos), están hechos de lo mismo que tú.  ¿Por qué entonces cuando te citan de la escuela los defiendes como si fueran, no sé, la Madre Teresa, el Papa Juan Pablo, o algún otro tipo de ser inmaculado, angelical, puro y sin mancha?

“Mi hijo no dice mentiras.” Dice el padre de familia promedio cuando se le cita en la escuela (y eso incluye a los maestros cuando suceden ser llamados a la escuela). ¿Por qué los padres hacemos esto? ¿Por qué nos mentimos a nosotros mismos?  Digo. No se trata de que  aceptes que tú hijo es un mentiroso. Pero si se trata de aceptar que tu hijo es 100% capaz de mentir. Aceptar que tus hijos no son blancas palomas. Tú fuiste niño y mentiste. Tus hijos no son diferentes.

Pero las mentirillas son sólo la punta del iceberg. ¿Qué hay de los niños que matan a otros niños en la escuela? Ahhh inmediatamente decimos “Fue culpa de la maestra de grupo que no estaba en el salón con ellos. Aquí en Tamaulipas eso fue lo que se dijo. “El director tiene la culpa, porque él está a cargo de la escuela.” “No, claro, la culpa es de los padres que no les enseñan con el ejemplo.” Y la lista sigue y sigue y sigue. Cuando en Cd. Victoria un par de niños mataron a otro, jugando a rebotarlo contra la pared, ninguno de ellos fue mandado a la cárcel como lo marca nuestro código civil. Ellos fueron mandados a terapia para que superaran “su trauma.” ¿Por qué mandas a terapia a los culpables de un delito tan grave como este? Porque nuestra mentalidad moderna y progresista nos dice que un par de niños asesinos no son culpables sino víctimas. Víctimas de la sociedad, víctimas de hogares disfuncionales, víctimas de los malos programas de la SEP. Nos resistimos a traer ante la justicia a niños porque nos resistimos a una idea que llevamos décadas tratando de olvidar. La idea de que los niños puedan hacer algo malo. La idea de que niños aún con buenos padres tomen decisiones malas, conociendo lo que puede pasar y pasará. Nos resistimos a la idea de que nuestros hijos puedan ser culpables de cometer actos detestables, con pleno conocimiento de causa. Y como nos resistimos a la maldad en la edad temprana, sencillamente ha dejado de ser un concepto agradable a nuestro paladar. Mejor buscamos otras causas, otras razones para poder evitar enfrentarnos con la realidad de que nuestros hijos pueden hacer y comunmente hacen cosas malas.

Si el niño anda brincoteando por todo el salón, ha de ser porque es hiperactivo—a pesar de que este famoso déficit de atención ha sido cuestionado por psiquiatras en todo el mundo, y si existe, no es tan común como nosotros lo hemos popularizado.  Si el chamaco abusa de otros en la escuela, pues ha de ser porque en casa no le ponen atención—se nos olvida que las razones o causas para una mala conducta no constituyen una justificación para la mala conducta. Un hombre adulto que asesina a otro, puede dar mil y un justificaciones, y tales argumentos pueden ser tomados en cuanto para ser agravantes en su juicio. Pero jamás podrán eximir al culpable de lo que ha hecho. Es lo mismo con los niños. Probar que hubo una razón—no es probar que existe la inocencia.

En mi vida como maestro me he tomado con niños y adolescentes que mienten, roban, insultan, amenazan, golpean, intimidan, etc., etc., etc. Agrégale lo que quieras.

Por cierto, también me he topado con niños provenientes de hogares donde son muy maltratados, y sin embargo, aprenden a comportarse. ¿Por qué? Porque ellos eligen no cobijarse bajo el amparo de la justificación.

¿DEBEMOS CELEBRAR LA NIÑEZ?

Claro. Por supuesto. Hay muchas cosas preciosas en la niñez. Pero no confundamos el celebrar la niñez, con idolatrar la niñez. Mucho menos dejemos que este espíritu exageradamente optimista sobre nuestros niños nos vuelva ciegos a sus inclinaciones y a sus malas acciones. Si nos cegamos a sus errores ¿cómo podremos ayudarlos realmente? De lo que yo estoy hablando es sencillamente de madurez por parte de nosotros que nos decimos adultos. Seamos maduros. Seamos mesurados. Nuestros niños no son ángeles. En todo caso, son ángeles caídos, que necesitan padres con ojos bien abiertos, para poder ayudarlos a hacerse responsables de sus pensamientos, sentimientos y conductas, en vez de inflarlos con dosis extra e ilimitadas de supuesta inocencia e ingenuidad.

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